Cuando ladra por todo, casi nunca está ladrando “porque sí”
Antes de intentar silenciar el ladrido, hay una pregunta mucho más útil: ¿qué función está cumpliendo? El mismo sonido puede aparecer por diferentes motivos y… ¡en la causa está la solución!
Algunos perros son especialmente atentos al entorno, rápidos detectando cambios y muy predispuestos a vocalizar. Eso puede hacer que el ladrido aparezca con facilidad, pero decir que un perro “es nervioso” explica muy poco. En conducta no trabajamos con el volumen del perro: trabajamos con el contexto, la emoción, la función de la conducta y las consecuencias que la mantienen.
El ladrido no es un diagnóstico
Un ladrido es una conducta observable, no una emoción. Dos perros pueden ladrar delante de la misma puerta y estar haciendo cosas completamente diferentes. Te pongo un par de ejemplos:
-El perro reconoce la voz de alguien con quien tiene buena relación subiendo la escalera, empieza a mover el cuerpo, intenta acercarse, salta, corre hacia la puerta y ladra. En este caso, el ladrido puede formar parte de un estado de activación emocional asociado a alegría, expectativa de contacto o interacción social
-El perro ve a alguien acercarse a la puerta, se orienta rápidamente hacia esa persona, mantiene el cuerpo tenso, se desplaza hacia la entrada y ladra de forma repetida. En este caso, el ladrido puede formar parte de una respuesta de alerta ante una posible intrusión, con la función de señalar la presencia del estímulo y, en algunos casos, conseguir que se aleje.
Por eso, hablar de “tipos de ladrido” es útil solo si entendemos que no son cajas rígidas. El tono importa, pero nunca debería interpretarse aislado. Para hacer una lectura razonable necesitamos observar postura corporal, dirección de la mirada, distancia al estímulo, posibilidad de desconectar, qué ocurre inmediatamente después y cómo se recupera el perro.
No preguntes únicamente «¿cómo hago para que deje de ladrar?». Pregunta también: «¿qué provoca esta respuesta, qué consigue el perro con ella y qué habilidad alternativa le falta todavía?».
¿Cómo diferenciar los tipos de ladrido?
Ladrido de alerta — ¡OYE… MIRA ESTO!
Suena el ascensor, alguien pasa por el rellano o aparece una figura detrás de la ventana. El perro orienta cabeza y orejas hacia el estímulo, puede acercarse a la fuente y vocaliza. No implica necesariamente miedo. Es una respuesta de detección y aviso. Teniendo en cuenta la historia del perro junto al humano, ¿es una conducta de lo más lógica, no? El problema aparece cuando la vigilancia se vuelve constante y el perro no consigue volver al reposo.
Nuestro objetivo debería ser reducir la necesidad de controlar constantemente el entorno, no solo enseñarle a dejar de ladrar cuando se lo pedimos.
Ladrido de miedo o búsqueda de distancia — ¡NI TE ACERQUES, QUIERO ESPACIO!
Suele aparecer cuando el perro percibe que algo se aproxima demasiado: una persona, otro perro, un objeto o un ruido. Puede acompañarse de retroceso, peso desplazado hacia atrás, tensión corporal, cola baja, evitación, intento de huida o una recuperación lenta; aunque no es incompatible con un perro que avanza con un ladrido firme, recordemos que para entender con qué tipo de ladrido tratamos primero tenemos que fijarnos bien en lo que está expresando el lenguaje no verbal del perro pero también en el entorno!
Objetivo: aumentar distancia, trabajar por debajo del umbral y modificar progresivamente la respuesta emocional, sin forzar la exposición.
Ladrido de demanda o aprendido — ¡TÚ! ¡HAZME CASO!
El perro mira al tutor, vocaliza y espera una reacción. Si ladrar consigue juego, comida, atención o que se abra una puerta, la conducta puede reforzarse rápidamente, así como cuando un niño aprende que si dice "mamaaaaaaa!!" automáticamente lo miramos para saber que quiere o necesita, pues ellos lejos de querer manipularnos, hacen algo parecido, pedirnos aquello que quieren en un momento concreto; y no por ello nos están manipulando, simplemente nos intentan hacer ver lo que esperan de nosotros.
En este caso el objetivo sería enseñarle una forma alternativa de pedir sin necesidad de "subir el volumen" y, en caso de respuesta negativa, poder gestionar esa frustración.
Ladrido de frustración — ¡QUIERO IR Y NO PUEDO!
Pongamos un ejemplo que seguro que hemos visto más de una vez: nuestro perro ve a otro perro al otro lado de la calle y quiere acercarse. Empieza a tirar de la correa, acelera el paso y, como nosotros no le permitimos llegar hasta él, comienza a ladrar, saltar o incluso a vocalizar cada vez con más intensidad. Desde fuera puede parecer que “se está poniendo agresivo”, cuando en realidad puede estar diciendo algo mucho más parecido a: “¡quiero ir hasta allí y no puedo!”. Un perro frustrado también puede mostrarse muy tenso, ladrar con intensidad e incluso abalanzarse, por lo que fijarnos únicamente en “cómo suena” el ladrido puede llevarnos a conclusiones equivocadas... Por eso volvemos a lo mismo: ¡hay que mirar el contexto!
En este caso, nuestro objetivo no debería ser simplemente conseguir que deje de ladrar cuando ve a otro perro, sino enseñarle a tolerar que no siempre puede acceder inmediatamente a aquello que quiere, mejorando su capacidad de espera y ofreciéndole otras formas de gestionar esa emoción sin necesidad de subir cada vez más el nivel de activación.
Ladrido de excitación y anticipación — ¡VAMOS, VAMOS, VAMOS!
Pongamos una escena muy típica: coges la correa para salir y, de repente, parece que has pulsado un botón. Tu perro empieza a correr por casa, salta, ladra, va hacia la puerta, vuelve hacia ti, gira sobre sí mismo… y tú todavía ni siquiera te has puesto los zapatos. En este caso ha aprendido que “correa = paseo” y esa señal anticipa algo que le encanta. El problema aparece cuando la expectativa es tan alta que pasa de “qué bien, vamos a salir” a un nivel de activación en el que ya le cuesta escuchar, esperar o gestionar el pequeño retraso que hay entre ver la correa y cruzar la puerta. Y aquí es importante no confundir emoción positiva con buena regulación emocional. Un perro puede estar contentísimo y, al mismo tiempo, completamente desbordado... De esto hablaremos en otro post: perro feliz no siempre significa perro regulado.
En este caso, nuestro objetivo no debería ser apagar esa ilusión ni exigirle una calma artificial, sino enseñarle a transitar entre excitación y regulación. Que pueda emocionarse porque llega el paseo, sí, pero también esperar, pensar y recuperar cierto control antes de salir disparado por la puerta.. y esto lo podemos trabajar de forma maravillosa... jugando! si, si...¡JUGANDO!
Vocalización asociada a separación o aislamiento — ¡NO SÉ GESTIONAR ESTA EMOCIÓN!
Aparece cuando el perro queda solo o pierde acceso a su figura de referencia. Puede ir acompañada de deambulación, jadeo, intentos de salida, destrucción cerca de puertas o ventanas, aullidos o incapacidad para descansar. Imaginemos que salimos de casa y, cinco minutos después, nuestro perro empieza a ladrar. El vecino nos dice: “es que te llama porque sabe que así vuelves”. Pero ponemos una cámara y vemos algo bastante diferente: el perro recorre el pasillo una y otra vez, jadea, se queda mirando la puerta, vocaliza, intenta rascarla y es incapaz de tumbarse durante toda nuestra ausencia...En este caso ya no estamos simplemente ante un perro que ha aprendido que ladrando obtiene atención.
Nuestro objetivo debería ser descubrir primero qué sucede realmente durante la ausencia —para eso una cámara puede darnos muchísima información— y después trabajar tiempos de separación que el perro pueda tolerar, aumentando la dificultad de forma progresiva. Se pueden trabajar ejercicios de resolución de problemas, olfato y búsqueda, exploración autónoma, tolerancia a pequeñas frustraciones, permanencia en una zona de descanso mientras nos movemos por casa, pérdida breve de contacto visual y capacidad para entretenerse o relajarse de manera independiente. No buscamos que el perro “se acostumbre a que no le hagamos caso”, sino ampliar sus recursos para que nuestra presencia constante deje de ser necesaria para sentirse seguro o saber qué hacer.
Ladrido de juego — ¡VAMOS A JUGAR!
Suelen ser ladridos cortos y aparecen dentro de una secuencia mucho más amplia de comunicación. Podemos observar un cuerpo suelto, carreras, cambios de dirección, aproximaciones y retiradas, reverencias de juego y pequeñas pausas. Seguro que has visto la escena: dos perros están jugando, uno sale corriendo y el otro se queda mirándolo, baja las patas delanteras, levanta el trasero y suelta un par de ladridos. Algo parecido a un: “¿pero dónde vas? ¡Vuelve!”.
En este caso, nuestro objetivo no tiene por qué ser eliminar el ladrido. Si ambos perros están cómodos y el juego es equilibrado, podemos dejar que se comuniquen. Solo cuando la activación empieza a escalar demasiado podemos introducir pequeñas pausas para facilitar que recuperen regulación antes de continuar.
Ladrido defensivo o de advertencia — ¡HASTA AQUÍ!
Imagina esta situación: vas tranquilamente caminando por la calle y aparece una persona desconocida que se dirige directamente hacia ti, mantiene la mirada fija y continúa acercándose aunque tú intentes apartarte. Probablemente no pensarías: “qué persona tan simpática”. Tu cuerpo empezaría a prepararse y, si esa persona siguiera invadiendo tu espacio, acabarías diciendo algo parecido a: “oye, para. No te acerques más”. Nuestro perro también necesita poder establecer límites. La diferencia es que él no puede decirlo con palabras. Puede girar la cabeza, evitar, alejarse, tensarse, gruñir o finalmente ladrar. Y muchas veces nosotros empezamos a preocuparnos únicamente cuando aparece esa última parte de la secuencia, ignorando todas las señales anteriores.
Esto tampoco significa que cualquier respuesta defensiva deba dejarse evolucionar sin intervención. Si un perro necesita recurrir constantemente a respuestas de alta intensidad para conseguir espacio, tenemos que preguntarnos por qué siente que necesita hacerlo y qué alternativas podemos ofrecerle.
En este caso, nuestro objetivo no debería ser simplemente prohibirle ladrar o gruñir. Necesitamos identificar qué está generando esa necesidad de defenderse, aumentar su percepción de seguridad, respetar las señales más tempranas y trabajar progresivamente para que no tenga que llegar una y otra vez al “¡hasta aquí!”.
¿Hay razas más ladradoras que otras?
Sí puede existir una predisposición genética a vocalizar más, pero raza no equivale a destino. Durante generaciones hemos seleccionado perros para avisar, vigilar, conducir ganado, localizar presas o trabajar a distancia del guía; en muchos de esos trabajos la vocalización era útil. Por eso algunas razas tienden a utilizar la voz con mayor facilidad.
Entre las razas que con frecuencia muestran una mayor tendencia a ladrar o vocalizar encontramos, por ejemplo, Schnauzer miniatura, Yorkshire Terrier, Chihuahua, Pomerania y algunos Spitz, Teckel, Beagle o Jack Russell Terrier. También muchos perros de guarda o pastoreo pueden ser especialmente sensibles a movimientos, ruidos o cambios en el entorno, y por tanto "ser más propensos al ladrido" pero la genética establece tendencias; el aprendizaje, la socialización, el ambiente, el nivel de activación, las experiencias previas y la salud determinan en gran medida cómo se expresan.
Antes de empezar:
El semáforo de activación
Uno de los ejercicios más útiles no se hace realmente con el perro, sino con nuestra capacidad de observarlo. Durante unos días podemos imaginar que su nivel de activación funciona como un semáforo, no actúes; solo observa.
-En verde, el perro detecta lo que ocurre a su alrededor pero sigue siendo funcional. Puede olfatear, coger comida, moverse con normalidad y apartar la mirada del estímulo.
-En ámbar empiezan a aparecer pequeños cambios: mantiene la mirada durante más tiempo, cierra la boca, tensa el cuerpo, acelera el paso o empieza a costarle algo más responder.
-En rojo aparece aquello que normalmente identificamos como «el problema»: ladridos sostenidos, tirones, saltos, abalanzamientos o incapacidad para desconectar.
La parte interesante es empezar a trabajar antes de llegar al rojo.
Con el tiempo dejamos de pensar únicamente «ha ladrado» y empezamos a detectar lo que ocurrió diez o veinte segundos antes. Ese cambio de mirada nos permite intervenir cuando el perro todavía tiene capacidad para tomar otra decisión.
El umbral no es una línea fija
En educación canina utilizamos con frecuencia la expresión “trabajar por debajo del umbral”. Es útil si no la tratamos como un punto matemático. La capacidad del perro para procesar un estímulo fluctúa. Depende de la distancia, pero también de la duración de la exposición, la velocidad y trayectoria del estímulo, su predictibilidad, las posibilidades de escape, las experiencias inmediatamente anteriores, el sueño, el dolor, el estado físico y el nivel basal de activación.
Un perro puede tolerar a otro a diez metros si ambos caminan en paralelo y reaccionar a veinte si el otro corre frontalmente hacia él. De la misma manera, una distancia que ayer era manejable puede no serlo después de una mañana llena de estímulos. Por eso conviene evaluar funcionalidad: si el perro todavía puede explorar, aceptar refuerzo cuando normalmente lo haría, apartar voluntariamente la mirada, modificar su trayectoria y recuperar conductas habituales, probablemente dispone de margen para aprender. Cuando aparece fijación intensa, rigidez, aceleración, pérdida de exploración o una respuesta sostenida, la dificultad puede estar siendo excesiva.
Ejercicios prácticos según el perfil
«Lo veo y vuelvo» para alerta o estímulos de calle
Cuando un perro ladra al ver otros perros, personas, bicicletas o cualquier estímulo que le activa durante el paseo, solemos esperar demasiado para intervenir. Muchas veces actuamos cuando ya está fijando la mirada, ha endurecido el cuerpo o directamente ha empezado a ladrar. Sin embargo, el trabajo más útil empieza bastante antes: Podemos buscar una distancia en la que el perro detecte el estímulo, pero todavía sea capaz de comer, olfatear y responder. En cuanto lo mire, marcamos ese momento con una palabra que ya conozca, como «bien», y reforzamos cerca de nosotros.
Imagina que aparece un perro al otro lado de la calle. Nuestro perro lo mira, decimos «bien» y le damos un premio. Vuelve a mirar, repetimos. Después de varias repeticiones puede empezar a ocurrir algo muy interesante: mira al otro perro y, sin que tengamos que pedírselo, vuelve la cabeza hacia nosotros.
Eso es exactamente lo que buscamos. No queremos enseñarle que mirar está mal, sino que puede detectar algo, procesarlo y después volver a desconectar.
Si, por el contrario, se queda completamente fijado, deja de aceptar comida, tensa el cuerpo o empieza a ladrar de forma sostenida, probablemente hemos pedido demasiado. En ese caso no hace falta insistir ni repetir órdenes. Simplemente necesitamos aumentar distancia. La dificultad no debería aumentar porque nosotros pensemos que «ya debería poder». Debería aumentar cuando el perro nos demuestra que realmente puede gestionar el estímulo.
Curvas y distancia cuando aparecen otros perros
Otro error muy habitual ocurre cuando vemos un perro de frente y seguimos caminando directamente hacia él mientras repetimos «venga, tranquilo» o «no pasa nada». Para algunos perros, un acercamiento frontal puede resultar demasiado intenso ¿Cómo para nosotros, no? Podemos facilitar mucho la situación haciendo una curva amplia en lugar de continuar en línea recta y durante esa curva podemos observar si nuestro perro mira al otro y vuelve a apartar la mirada, si empieza a olfatear, si puede seguir nuestro movimiento o si la correa vuelve a quedar suelta. Todas estas pequeñas conductas nos indican que todavía está procesando la situación.
Y aquí hay algo importante: el ejercicio no tiene por qué terminar saludando al otro perro. Podemos verlo, hacer una curva y marcharnos, acercarnos unos metros, alejarnos y volver... no siempre tenemos que llegar al estímulo, tenemos que llegar cuando el perro quiera y pueda llegar. De hecho, repetir una y otra vez encuentros que terminan en ladridos, tirones o abalanzamientos no acostumbra al perro, lo que puede estar haciendo es practicar muchas veces exactamente la misma respuesta, justo la que no queremos.
Decía un profesor de conducta del que tuve el placer de aprender hace años: "obtienes lo que refuerzas, no lo que quieres".
«A tu sitio»
Si nuestro perro ladra cuando llaman al timbre, cuando oye el ascensor o cuando alguien entra en casa, intentar enseñarle «a tu sitio» en pleno episodio suele ser bastante complicado.
Por eso empezamos sin ningún ruido. Elegimos una cama o una alfombra o bien una jaula (que no! no es un castigo!) y enseñamos al perro a desplazarse hasta allí. Podemos señalarla, acompañarlo las primeras veces y reforzar cuando entra en la zona. Cuando ya empieza a entender el juego, podemos pedir unos segundos de permanencia antes de entregar el premio y después introducimos pequeñas distracciones (Abrimos y cerramos una puerta, nos levantamos del sofá, caminamos hacia la puerta, damos golpes suaves en la pared...) incluso más adelante podemos introducir una grabación del timbre a volumen bajo o pedir a alguien que haga un pequeño ruido desde fuera y, poco a poco, adaptándonos al nivel del perro, subimos intensidad. Así poco a poco estamos construyendo una secuencia alternativa:
ocurre algo → lo detecto → voy a mi zona → allí pasan cosas buenas.
No es necesario que el perro se convierta en una estatua ni que jamás vuelva a ladrar. Puede perfectamente hacer uno o dos ladridos de alerta. Lo que queremos enseñar es qué puede hacer después, para evitar que permanezca atrapado en la vigilancia.
El premio en la mano
Coloca un premio dentro de tu mano y ciérrala. Acércala al perro y deja que investigue. Al principio puede lamer, empujar con el hocico o intentar abrir tu mano con la pata. No le riñas, no retires la mano y no le digas «no». Simplemente mantenla cerrada. En el momento en que deje de insistir —aunque solo sea durante un segundo— abre la mano y dale acceso al premio. La idea que aprende es muy sencilla: "Insistir no abre la mano. Apartarme y esperar, sí". Cuando lo entienda, puedes pedir un poquito más: que aparte la cabeza, que espere dos o tres segundos o que te mire antes de abrir la mano. No se trata de frustrarlo manteniendo el premio inaccesible durante mucho tiempo. Al principio debemos reforzar segundos de autocontrol para que pueda comprender rápidamente qué conducta funciona, luego añadiremos dificultas, por ejemplo: hacerlo con la mano abierta: premio visible en la palma y, si intenta cogerlo, la mano se cierra. Cuando espera, vuelve a abrirse. Ese segundo paso suele ser bastante más difícil.
¿Y si castigamos el ladrido?
Un castigo Positivo puede reducir una conducta visible, si. La cuestión es si reducir el ladrido equivale a resolver el proceso que lo está generando. No necesariamente. Esto resulta especialmente relevante cuando la vocalización está relacionada con miedo, amenaza percibida o conflicto. Inhibir la señal puede hacer menos evidente el problema sin modificar la emoción o la función de la respuesta.
El objetivo real no debería ser que nuestro perro "deje de hacer cosas de perro" sino ampliar su repertorio de respuestas; por tanto el trabajo no consiste solamente en suprimir una respuesta sino en darle opciones alternativas para que él elija "cual conviene mas usar"
¿Cuándo es recomendable una valoración individual?
Conviene buscar una valoración individual cuando el ladrido aumenta progresivamente en frecuencia o intensidad, aparecen gruñidos o intentos de mordida, existe miedo intenso, el perro tarda mucho tiempo en recuperarse, aparecen problemas durante las ausencias, la conducta surge de manera repentina, existen sospechas de dolor o la familia empieza a reorganizar cada vez más su vida para evitar que el perro reaccione.
En esos casos ya no estamos enseñando un simple ejercicio. Estamos intentando comprender un sistema formado por emoción, aprendizaje, ambiente, experiencias, estado físico y consecuencias de la conducta. Y esa diferencia cambia por completo la manera de intervenir.
Cuando un perro ladra, la parte visible puede durar apenas unos segundos. Detrás puede haber meses o años de aprendizaje. Por eso, antes de preguntar “¿cómo consigo que se calle?”, vale la pena formular una cuestión más útil: “¿qué está ocurriendo para que esta sea, ahora mismo, la mejor respuesta que tiene disponible?”. Cuando respondemos bien a esa pregunta dejamos de trabajar únicamente contra el ladrido y empezamos a trabajar sobre aquello que lo mantiene.
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