¿Qué ocurre realmente durante un paseo? Mucho más de lo que vemos ¿Cómo es el paseo perfecto? depende de tu perro.
Durante el paseo pasa mucho más de lo que vemos. Cada olor, cada parada, cada vez que tensionamos la correa, genera información, emociones y aprendizajes en la mente de nuestro perro que, aunque a nosotros nos puedan parecer insignificantes, para ellos forman parte de una experiencia mucho más compleja que define su forma de ver, interpretar y relacionarse con aquello que lo rodea.
Empecemos por el principio: aunque los humanos hayamos integrado plenamente a los perros en nuestros hogares y los consideremos un miembro más de la familia, siguen siendo animales que viven bajo un sistema de cautividad y dependencia. Suena feo. Incluso puede resultar incómodo leerlo. Pero, desde un punto de vista estrictamente funcional, es así. Un perro doméstico no decide prácticamente ninguno de los grandes aspectos que estructuran su vida. Nosotros decidimos qué come, cuándo come y cuánto. Decidimos cuándo puede salir de casa, durante cuánto tiempo y por dónde va a caminar. Elegimos cuándo puede correr, cuándo debe detenerse, cuándo puede jugar, con qué perros puede relacionarse, qué espacios puede explorar y cuáles están prohibidos. Incluso muchas de sus interacciones sociales dependen de que nosotros abramos una puerta, soltemos una correa o simplemente tengamos tiempo.
Visto de esta manera, la idea de «es uno más de la familia» empieza a adquirir algunos matices. Esto no significa que nuestros perros no formen parte de ella. Claro que pueden hacerlo, y profundamente. Significa simplemente que no participan en la familia en las mismas condiciones que nosotros. Y, dicho esto, merece la pena hacernos una pregunta: si nosotros decidimos prácticamente todo lo que ocurre en su vida, ¿Cuántas oportunidades reales les damos para tomar decisiones?
Quizás una de las necesidades que más fácilmente olvidamos cuando hablamos de bienestar canino no sea únicamente caminar, correr o cansarse, sino algo mucho más básico: tener cierto control sobre lo que le ocurre.
Y precisamente por eso el paseo tiene tanta importancia. Para nosotros puede ser simplemente sacar al perro para que haga pipí; para él, puede ser uno de los pocos momentos del día en los que accede al mundo exterior, explora, obtiene información y toma pequeñas decisiones. Entonces la pregunta deja de ser cuánto debe durar un paseo o cómo “debería” caminar un perro, y pasa a ser otra mucho más interesante: ¿Qué necesita experimentar mi perro durante el paseo para estar bien?
Necesidades de un perro.
Un perro puede estar bien alimentado, limpio, protegido y atendido veterinariamente y, aun así, tener parte de sus necesidades emocionales poco cubiertas. Las necesidades básicas son imprescindibles, claro, pero el bienestar no termina ahí. eso serían solo las necesidades fisiológicas. Aunque podamos agruparlas en distintas categorías, todas estas necesidades están profundamente relacionadas: un perro necesita sentirse seguro, comprender en cierta medida lo que ocurre y disponer de opciones para afrontar aquello que le resulta difícil, como detenerse, alejarse, aumentar la distancia o buscar nuestro apoyo. Exponerlo repetidamente a una situación que lo preocupa no garantiza que termine acostumbrándose; si la intensidad supera su capacidad de gestión y no puede escapar ni recuperar la calma, puede sensibilizarse (reaccionar cada vez más o peor), responder de forma defensiva o aprender que ninguna de sus acciones sirve para cambiar lo que sucede . También necesita explorar y recopilar información mediante sus sentidos: cuando se detiene durante minutos ante una farola, para nosotros quizá solo esté oliendo un pis, pero él acaba de abrir el WhatsApp del barrio y descubrir quién ha pasado, cuánto hace y qué novedades existen. Permitirle investigar y tomar pequeñas decisiones no significa entregarle las llaves de casa, sino hacer que su paseo sea un poco más suyo que nuestro. Del mismo modo, ser un animal social no implica querer saludar, jugar o dejarse tocar por todo el mundo (yo tampoco gestiono igual a los desconocidos antes de tomarme el café) ; apartarse, evitar una interacción o pedir distancia también son respuestas sociales perfectamente válidas. Por último, aprender, seguir un rastro, buscar comida o encontrar cómo rodear un obstáculo activa procesos cognitivos, pero ojo: más difícil no significa mejor. Para resultar enriquecedor, cualquier reto debe ser abordable para ese perro, en ese momento y en ese contexto; de lo contrario, deja de ser una oportunidad para aprender y se convierte en frustración, estrés o bloqueo.
No seamos tan genéricos...
Aquí viene una parte especialmente importante: no existe un paseo perfecto que podamos copiar y pegar para todos los perros, igual que tampoco existen unas vacaciones soñadas que sirvan para todo el mundo por igual, ¿no? Hay quien sueña con recorrer New York y quien quiere subir el Everest. Con ellos pasa lo mismo, no tenemos delante "un perro" tenemos ese perro concreto, con una genética determinada, una edad, un estado físico, una historia de aprendizaje, experiencias previas, preferencias, miedos, capacidades y una manera particular de relacionarse con el entorno. Os pongo un ejemplo muy cercano:
Odín tiene cuatro años, está sano y es un perro seguro. Puede disfrutar muchísimo recorriendo lugares nuevos, caminando durante bastante tiempo y explorando ambientes complejos. Ahora bien, si le das libertad para organizar el paseo a su manera, probablemente correrá un rato, investigará cuatro cosas y terminará tumbado en algún trozo de hierba observando cómo pasa la vida. Para él, eso también forma parte del paseo.
Aiko tiene tres años, es de la misma raza, ha crecido prácticamente en el mismo entorno y comparte gran parte de sus experiencias con Odín. Y, aun así, podría pasarse tres horas recorriendo caminos sin plantearse hacer una pausa, olfateando, investigando y relacionándose de forma cercana con todo aquel que se le cruce. Estar parado, para él, es poco menos que una pérdida de tiempo. Si tiene que hacerlo, lo hace (no sin mirar con cara de "tía, por favor, espabila"), pero no es ni de lejos su paseo ideal.
Misma especie. Misma raza. Una crianza muy parecida. Dos formas completamente distintas de disfrutar del entorno.
Y precisamente ahí está el problema de intentar establecer recetas universales del tipo “un perro de tamaño grande necesita caminar mínimo 10 kilómetros”, “el paseo perfecto dura 67 minutos" como he visto recientemente en algunos artículos”. Son referencias que pueden orientarnos, y darnos una base sobre cómo tratar a un perro, pero no sustituyen la observación de cada perro y su perronalidad.
Para colmo, voy a complicarte un poco más el asunto: las necesidades tampoco son iguales todos los días. El mismo perro que ayer podía pasear tranquilamente por una calle llena de gente puede que hoy no la gestione igual. Quizá ha dormido peor, lleva varios días con demasiada actividad, ha acumulado estrés por distintas situaciones o simplemente tiene alguna molestia física, o al revés, llega un día en que el señor Odín despierta como si fuese un perro olímpico, cosas que pasan. En conclusión: también cambia el estado del perro, y con él cambian sus necesidades, su tolerancia y su capacidad para afrontar lo que ocurre a su alrededor.
Por eso, entender a nuestro perro también implica dejar de pensar únicamente en “lo que normalmente puede hacer” y empezar a preguntarnos algo mucho más útil: ¿Qué necesita y qué puede gestionar hoy?
Por todo esto, cubrir necesidades no consiste en proporcionar la máxima cantidad posible de ejercicio, estimulación, interacción o libertad. Tampoco consiste en intentar cansar al perro a toda costa. Más no siempre significa mejor. Significa ofrecer oportunidades adecuadas para ese individuo, observar qué hace con ellas y ajustarlas. Porque quizá el paseo perfecto de tu perro hoy sea una excursión de dos horas. O quizá sean veinte minutos oliendo tranquilamente las mismas cuatro calles de siempre. Y ambas cosas pueden ser exactamente lo que necesita.
El mito del "paseo perfecto" que te quieren vender
La imagen social del perro bien educado suele ser muy concreta: camina pegado a la pierna, no se detiene, no cambia de dirección y mantiene la atención constante a la cara de su guía. Esa conducta puede ser útil en obediencia deportiva y en determinados momentos de la vida cotidiana. Pero no describe, por sí sola, un paseo de calidad, ni por asomo.
Un perro puede hacer un "junto" técnicamente perfecto y, aun así, estar rígido, demasiado activado o tan pendiente de no equivocarse que apenas presta atención a lo que ocurre a su alrededor. Otro, en cambio, puede caminar un poco por delante, cambiar de lado, detenerse a olfatear o elegir por dónde continuar y hacerlo con la correa relajada y un estado emocional mucho más estable. Por eso conviene diferenciar entre obediencia formal, marcha funcional y paseo exploratorio. La obediencia formal busca una posición concreta respecto a nuestra pierna y responde a criterios entrenados; la marcha funcional permite que el perro se mueva con cierta libertad, sin tensión constante y manteniendo la seguridad; y el paseo exploratorio le da todavía más margen para olfatear, observar, investigar y tomar pequeñas decisiones. Las tres cosas tienen sentido y pueden convivir perfectamente en un mismo paseo. Podemos pedir proximidad para cruzar una carretera, volver después a una marcha más libre por la acera y, al llegar a una zona tranquila, dejar que el perro explore a su ritmo. El problema no está en enseñar un buen “junto”, ni mucho menos, porque es una herramienta muy útil. El error está en convertirlo en la única forma válida de pasear.
En el paseo siempre sois dos, pero es SU paseo.
Aunque hablemos mucho de lo que necesita el perro, en el paseo nunca está solo: al otro extremo de la correa estamos nosotros. El perro no solo responde al entorno, también responde constantemente a nosotros. Si cada vez que aparece otro perro tensamos la correa, frenamos de golpe y empezamos a repetir órdenes con urgencia, la situación cambia bastante respecto a si aumentamos distancia con naturalidad y utilizamos una señal que ya conoce. Y no, esto no significa que la reactividad exista porque "el tutor está nervioso", tampoco somos los culpables de todos los males de la tierra hombre. Puede haber miedo, frustración, dolor, experiencias previas o varias cosas a la vez que lleven a esa reactividad, esto solo significa que lo que hacemos puede ayudar al perro a gestionar mejor una situación o ponérselo un poco más difícil.
Y aquí hay otra idea importante: estar conectados no significa que el perro tenga que mirarnos cada cinco segundos. Puede ir oliendo, observando o caminando por delante y seguir perfectamente pendiente de dónde estamos. Lo vemos cuando adapta el ritmo si nos quedamos atrás, gira con nosotros sin necesidad de llamarlo, vuelve por iniciativa propia o acepta cambiar de dirección. Eso también es conexión. De hecho, pedir contacto visual de forma constante puede terminar compitiendo con algo que también necesita hacer durante el paseo: mirar, oler y entender el mundo que tiene delante.
La correa también comunica
La correa es una herramienta de seguridad, sí, pero también forma parte de la comunicación durante el paseo. No solo tira el perro: nosotros también generamos tensión, frenamos, acompañamos, bloqueamos o damos espacio. Y esas pequeñas acciones pueden cambiar bastante cómo se desarrolla una situación. Pensemos en algo muy común: el perro ve a otro perro al otro lado de la calle, acelera un poco y la correa empieza a tensarse. Nosotros, por miedo a que se acerque demasiado, tiramos hacia atrás. Él nota esa oposición y hace más fuerza hacia delante. En pocos segundos, ambos estamos tirando en sentidos contrarios, y dificultando la gestión de la situación para el perro.
En algunos perros, la propia consecuencia mantiene la conducta. Si cada vez que tira consigue llegar antes al árbol que quiere oler, saludar a otro perro o alcanzar el parque, aprenderá que tirar funciona. Da igual cuántas veces le digas que no, y el tirón que pegues. Él entiende simplemente que si tensa la correa, llega. Por eso caminar con la correa relajada no significa llevar al perro pegado a nuestra pierna. Puede ir algo por delante, cambiar de lado, detenerse o explorar mientras la correa conserve holgura y podamos mantener la seguridad.
Para mí, control significa poder intervenir cuando la seguridad o el bienestar lo requieren, utilizando solo el grado de restricción necesario y devolviendo libertad en cuanto considero que la situación me lo permite. Por ejemplo, si vemos venir de frente a un perro que sabemos que el nuestro no gestiona bien, podemos cruzar de acera, hacer una curva amplia o colocarnos entre ambos. Eso es manejo: no estamos enseñando todavía una habilidad nueva, estamos evitando que la situación se complique, si además, trabajamos durante unas semanas una señal para que nos siga al cambiar de dirección o aprenda a mantener distancia de otros perros, entonces hablamos de entrenamiento y en ese caso sí que estamos construyendo herramientas que podrán servirle en situaciones futuras y finalmente hablamos de contención, que también tiene su función. Si el perro intenta cruzar una calle detrás de un gato, sujetamos la correa y bloqueamos el movimiento. En ese momento la prioridad es evitar un accidente, no dar una clase perfecta de educación canina. Primero la seguridad, luego el aprendizaje.
Sí, tía, genial, pero… ¿Cómo tengo que llevar la correa?
Para empezar: suelta el teléfono, gracias. Ahora sí. Una mano sostiene el extremo de seguridad y la otra va administrando la longitud que necesita el perro en cada momento. No hace falta llevarla siempre igual de larga ni siempre igual de corta: si vamos a cruzar una carretera recogemos antes de llegar; cuando volvemos a tener espacio, aflojamos otra vez. Los brazos, mejor flexibles y cerca del cuerpo, no estirados como si estuviéramos haciendo esquí, y nada de enrollar la correa alrededor de la muñeca o de los dedos: si el perro pega un tirón fuerte, además de perder capacidad de reacción podemos hacernos bastante daño (te habla la voz de la experiencia, si valoras el uso de tu mano, no lo hagas). Olvídate de llevarlo corto durante todo el paseo, eso muchas veces solo crea una tensión constante y le quita el margen que necesita para reducir velocidad, apartarse o hacer una pequeña curva cuando recibe algún estímulo que necesita procesar.
Dato importante: recoger correa no significa pegar un tirón. Imagina que vais por una zona amplia y se acerca una carretera: podemos llamar al perro e ir recogiendo correa mientras viene y premiarle. Cruzamos, pasamos el tramo complicado y volvemos a darle espacio. Si además tenemos una señal de liberación "okey", "vamos" o la que más os guste— todavía mejor: el perro empieza a entender cuándo necesitamos proximidad y cuándo vuelve a tener margen para explorar. Es mucho más claro que pasar de dos metros de correa a medio metro de golpe cada vez que aparece algo que nos preocupa.
Antes de tirar con las manos, muévete tú. Si queremos alejarnos de otro perro, no tiene demasiado sentido quedarnos quietos mirándolo mientras tiramos de nuestro perro hacia atrás. ¿y qué hacemos? Giramos los pies, orientamos el cuerpo hacia donde queremos ir y empezamos a caminar. Muchas veces podemos incluso colocarnos entre nuestro perro y aquello que le preocupa, sin empujarlo ni encerrarlo, simplemente haciendo de pequeña pantalla mientras nos alejamos. también podemos usar el entorno a nuestro favor.
Y aquí os doy la primera regla de oro para manejar bien la correa: llegar antes. Porque por muy bien que sepamos recoger, aflojar, girar o usar nuestro cuerpo, si detectamos el problema cuando ya lo tenemos encima, tendremos muy poco margen para hacer nada más que contener. Eso significa, como te he dicho, soltar el teléfono, levantar la vista y leer lo que viene: una bicicleta, otro perro, restos de comida en el suelo pero también significa leer a nuestro perro antes de que la respuesta sea evidente porque, casi siempre, el cambio empieza con algo tan pequeño como cerrar la boca, dejar de olfatear de golpe, reducir la velocidad, endurecer el cuerpo o quedarse demasiado pendiente de algo.
Ya sea en un paseo normal o dentro de un trabajo de modificación de conducta, anticiparse es probablemente una de las herramientas más importantes que tenemos. Porque cuando vemos venir la situación con tiempo todavía podemos enseñar, acompañar y darle al perro la oportunidad de tomar mejores decisiones. Ahí todavía se educa. Cuando llegamos tarde y el perro ya está desbordado, fijado, ladrando, tirando o intentando huir, el objetivo cambia: ya no estamos enseñando, estamos conteniendo para salir de la situación con la mayor seguridad posible. Por eso muchas veces el trabajo más importante ocurre unos segundos antes de que aparentemente “pase algo”.
Ejercicios para un paseo más cooperativo
Hasta aquí hemos hablado mucho de observar, anticiparnos, manejar la correa y darle al perro más margen para participar en el paseo. Ahora toca llevarlo a la práctica. Y aquí hay algo importante: no todos los perros tiran por el mismo motivo ni todos necesitan el mismo ejercicio. Un perro puede tirar porque quiere llegar a un olor, otro porque intenta alejarse de algo que le da miedo y otro simplemente porque su ritmo natural es bastante más rápido que el nuestro. Si aplicamos la misma solución a los tres, probablemente en alguno estaremos trabajando justo en la dirección contraria y, por eso, los siguientes ejercicios no deberían entenderse como una receta cerrada.
Antes de empezar...
Antes de intentar cambiar nada, observa. Durante varios paseos fíjate en cuándo aparece la tensión, hacia dónde tira el perro, qué estaba ocurriendo justo antes y qué consigue después. No hace falta salir con una libreta haciendo de investigador privado, pero sí empezar a detectar patrones. Por ejemplo, puede que tu perro tire siempre los últimos cincuenta metros antes de llegar al parque. Ahí probablemente hay anticipación y deseo de acceder a algo que conoce. Otro puede caminar perfectamente hasta que aparece un perro de frente y entonces tensar la correa para acercarse. Otro puede hacer exactamente lo contrario: tirar para alejarse. Desde fuera vemos la misma conducta (una correa tensa), pero la función no tiene nada que ver, ahí está la clave.
También conviene observar cuánto tarda en recuperar después. ¿Vuelve a olfatear enseguida? ¿Continúa mirando hacia atrás? ¿Durante los siguientes diez minutos va más rápido, más pendiente del entorno o reacciona con mayor facilidad? Todo eso nos da información. Podemos empezar clasificando los tirones de forma sencilla según su función: acercarse a algo, alejarse, excitación o diferencia de ritmo. No necesitamos tener una explicación perfecta desde el primer día, pero sí una hipótesis. Si no sabemos por qué tira, estaremos probando técnicas al azar.
Señal de exploración
Una señal de exploración sirve para que el perro entienda que, a partir de ese momento, dispone de más margen para moverse, olfatear y tomar pequeñas decisiones. Yo personalmente utilizo la palabra "libre", pero podéis usar la que queráis pero siempre la misma palabra con el mismo significado. Lo importante es que esa señal prediga de forma consistente algo muy concreto: ahora tienes más espacio para explorar.
Para enseñarla, empezamos en una zona tranquila y segura. Decimos la palabra elegida una sola vez y, justo después, le damos físicamente más margen: soltamos algo de correa, abrimos nuestra trayectoria y dejamos de pedir proximidad. Podemos acompañarlo hacia una zona interesante y darle tiempo para investigar. No tiene que mirarnos, sentarse ni hacer nada especial; queremos que empiece a asociar esa palabra con recuperar libertad de movimiento. Si al principio no se aleja, tampoco pasa nada. Puede necesitar tiempo para entender que explorar también es una opción válida, especialmente si está muy acostumbrado a caminar pegado a nosotros. En ese caso podemos aflojar la correa, desplazarnos hacia una zona interesante y, si hace falta, lanzar uno o dos premios al suelo a cierta distancia de nuestra pierna para ayudarle a salir de esa posición tan fija. Cuando vaya a buscarlos, no le pedimos que vuelva enseguida; dejamos que la exploración pueda aparecer por sí sola. Si no explora porque está inseguro, inhibido o demasiado pendiente del entorno, no intentaremos empujarlo a hacerlo. En ese caso necesitamos primero un contexto más fácil, y trabajar esa inseguridad. La exploración aparece cuando el perro tiene ganas y capacidad para explorar, no cuando está demasiado preocupado como para hacerlo.
La otra mitad del ejercicio consiste en enseñarle que también podemos necesitar reducir ese espacio. Podemos utilizar otra señal "cerca" o "conmigo" justo antes de recoger la correa, reforzar que se aproxime y reducir la longitud progresivamente. Una vez superado el cruce, la zona estrecha o la situación que requería más control, volvemos a liberar y devolvemos margen. Y aquí aparece una ventaja muy interesante: la propia exploración puede convertirse en un refuerzo. Si el perro quiere llegar a un árbol, por ejemplo, podemos pedir unos pasos de proximidad y después liberarlo para que vaya a olerlo. No siempre necesitamos sacar comida del bolsillo; acceder a aquello que el perro quería hacer también puede reforzar la conducta anterior.
Así, poco a poco, proximidad y libertad dejan de competir y empiezan a formar parte de una misma secuencia de paseo.
Capturar la correa relajada
Aquí el objetivo no es conseguir un perro pegado a nuestra pierna. De hecho, para este ejercicio podemos olvidarnos por completo del junto de obediencia. Lo que queremos enseñar es algo mucho más útil para el día a día: que puede moverse, explorar y avanzar sin mantener tensión constante en la correa.
Empezamos en un entorno fácil, con pocas distracciones y una distancia que el perro pueda gestionar bien. Al principio reforzamos cualquier momento en el que aparezca holgura: dos o tres pasos sin tensión, que reduzca el ritmo al acercarse al final de la correa, que se gire espontáneamente hacia nosotros o que adapte su movimiento al nuestro. No hace falta esperar una marcha perfecta. Si somos demasiado exigentes desde el principio, probablemente perderemos muchas oportunidades de enseñarle exactamente lo que buscamos. Podemos utilizar comida, entregándola cerca de nuestro cuerpo y retomando después el paseo, pero no todo el refuerzo tiene por qué salir del bolsillo. Avanzar también puede ser un premio. Imagina que vuestro perro quiere llegar a una farola. Camina hacia ella, llega al final de la correa y empieza a tirar. En lugar de tirar nosotros hacia atrás, dejamos de avanzar. En cuanto disminuye la presión (aunque al principio solo sea un poco) afloja la correa, gira la cabeza o da medio paso hacia nosotros, volvemos a caminar y le permitimos llegar a oler. Lo que aprende no es "si tiro me castigan", sino algo mucho más sencillo: con tensión el movimiento se detiene; con la correa relajada puedo seguir avanzando. También podemos reforzar antes de que aparezca el tirón. Si vemos que acelera hacia algo que le interesa pero todavía mantiene holgura, marcamos y seguimos avanzando. Así no estamos esperando siempre al error para actuar; también le estamos mostrando activamente qué comportamiento le permite conseguir lo que quiere.
Y aquí hay una excepción importantísima: no todos los tirones deben gestionarse de esta forma. Si el perro tira porque intenta alejarse de algo que le preocupa, no nos quedamos quietos esperando a que destense. Si aparece un perro que le da miedo, un ruido fuerte, una persona que le incomoda o cualquier situación de la que intenta escapar, le ayudamos a ganar distancia. Ahí detenernos podría obligarlo precisamente a permanecer cerca de aquello de lo que está intentando alejarse. Por eso volvemos a la primera regla: antes de trabajar el tirón, hay que preguntarse hacia dónde tira y para qué.
Orientación y giro de emergencia
Durante el paseo hay una habilidad muy sencilla que merece muchísimo la pena reforzar: que el perro nos tenga en cuenta sin necesidad de estar llamándolo cada pocos segundos. No buscamos que camine pendiente de nuestra cara, sino que mantenga una especie de “hilo” con nosotros mientras explora. Si va oliendo y de vez en cuando gira la cabeza para comprobar dónde estamos, si se adelanta pero reduce el ritmo cuando nota que nos hemos quedado atrás o si cambia ligeramente su trayectoria para seguir la nuestra, podemos reforzarlo. Son pequeños gestos, pero construyen una conexión mucho más natural que estar diciendo su nombre constantemente.
Para enseñarlo, al principio basta con aprovechar lo que ya ocurre. Paseamos por un entorno sencillo y, cada vez que el perro se orienta espontáneamente hacia nosotros, marcamos ese momento con una palabra breve "si" y podemos reforzar con comida o simplemente continuar el paseo. Es importante que no lo llamemos justo antes, porque entonces estaríamos enseñando a responder a una llamada, no a comprobar por iniciativa propia dónde estamos. Con el tiempo, estas orientaciones suelen aparecer con más frecuencia porque al perro le compensa mantenernos dentro de su radar.
Otra herramienta diferente, pero muy útil, es el giro de emergencia. Y como casi todo lo importante, se entrena antes de necesitarlo. Elegimos una señal corta que no utilicemos para otras cosas "gira" o "por aquí" y empezamos en un lugar tranquilo. Decimos la señal una sola vez, giramos nosotros de forma clara y empezamos a caminar en la nueva dirección. En cuanto el perro nos sigue y nos alcanza, reforzamos. Al principio podemos hacerlo casi como un juego: unos pocos metros, giro, premio y seguimos caminando, repetimos. nos bastará con unas 5-6 repeticiones en cada entrenamiento, no nos pasemos. y siempre, siempre, siempre terminaremos cuando lo haya hecho bien y antes de que se canse del ejercicio.
Cuando ya entiende la secuencia, vamos practicándola en lugares con más estímulos (siempre progresivamente) y desde distintas posiciones: con el perro por delante, oliendo a un lado o caminando algo más distraído. Lo importante es que la señal termine significando algo muy concreto: “cambiamos de dirección conmigo, ahora”. No hace falta tirar de la correa ni arrastrarlo; precisamente queremos que aprenda a responder al movimiento y a la señal antes de que tengamos que recurrir a la fuerza.
Después es cuando realmente empieza a resultar útil. Doblas una esquina y aparece un perro demasiado cerca o simplemente detectas una situación que sabes que va a superar la capacidad del tuyo. Si el giro está bien aprendido, podemos decir nuestra señal, cambiar de dirección y salir de allí de una forma mucho más limpia que esperando a tener el problema encima. Eso sí, no convirtamos el giro en la respuesta automática cada vez que el perro observa algo. Mirar es normal, necesario y forma parte del paseo. Si cada vez que aparece un perro, una persona o un estímulo le pedimos que se dé la vuelta, podemos acabar enseñándole que esos estímulos siempre anuncian retirada o que no puede detenerse a procesarlos. El giro de emergencia se reserva para cuando necesitamos cambiar la trayectoria de verdad: porque no hay espacio, porque hemos calculado mal la distancia o porque vemos que la situación está a punto de complicarse.
El juego del escondite
El juego del escondite puede ser una forma muy útil de trabajar que el perro nos tenga en cuenta durante el paseo sin necesidad de estar llamándolo constantemente. La idea no es que vaya pendiente de nosotros todo el tiempo, sino que aprenda que, aunque esté explorando, también merece la pena saber dónde estamos y seguir nuestros movimientos.
Empezamos en una zona segura, tranquila y con buena visibilidad. Dejamos que el perro explore y, en un momento en el que esté entretenido pero no completamente desconectado, nos apartamos unos pasos o nos escondemos parcialmente detrás de un árbol, o lo que encontremos. Al principio debe ser facilísimo. No buscamos desaparecer de golpe ni provocar preocupación, simplemente darle la oportunidad de darse cuenta de que hemos cambiado de posición y venir a buscarnos. Cuando nos encuentra, reforzamos. Puede ser con comida, juego, contacto si le gusta, tú seguro que sabes que refuerzo prefiere. Después volvemos a dejarle explorar. Poco a poco podemos aumentar ligeramente la dificultad: alejarnos un poco más, cambiar de lado de un árbol o variar nuestra posición mientras olfatea, siempre sin convertirlo en una prueba.
Una cosa clara: nada de desaparecer durante varios minutos o dejar que entre en pánico buscándonos. Con perros inseguros, muy dependientes, con problemas de separación o tendencia a angustiarse cuando pierden de vista al tutor, directamente elegiría otros ejercicios. Bien utilizado, el escondite puede convertirse en un juego muy divertido y reforzar algo que nos interesa muchísimo durante el paseo: que el perro pueda explorar con libertad sin olvidarse por completo de que el paseo sigue siendo cosa de dos.
Elegir el camino
Este me gusta especialmente porque devuelve al perro una parte del control sobre el paseo. Cuando llegamos a un cruce seguro, en lugar de decidir automáticamente nosotros, podemos detenernos unos segundos y observar qué propone. Si elige una dirección compatible con la seguridad y con el tiempo que tenemos, le acompañamos. No hace falta hacerlo en cada esquina, pero permitirle decidir de vez en cuando si quiere continuar recto, entrar en una zona verde o volver hacia un lugar que le interesa convierte el paseo en algo mucho más compartido. Cooperar no significa que siempre tenga que seguir nuestras decisiones; algunas veces podemos seguir las suyas.
Parar juntos
También podemos trabajar algo tan sencillo como ser capaces de parar sin que ocurra absolutamente nada. Nos detenemos en una zona tranquila y dejamos que el perro decida qué hacer: puede mirar, olfatear alrededor, sentarse, quedarse de pie o simplemente observar.
Este ejercicio resulta interesante para perros acostumbrados a que el paseo sea movimiento constante. No pedimos un quieto ni esperamos una posición concreta, lo que queremos que aprenda que una pausa también puede formar parte del paseo y que no necesita estar permanentemente avanzando o esperando una orden.
El paseo de descompresión
A veces pensamos que el entrenamiento termina cuando el perro deja de ladrar o cuando conseguimos alejarnos de aquello que ha provocado la reacción. Pero que la conducta visible haya terminado no significa necesariamente que el perro haya vuelto a su estado anterior. Imagínate que aparece un perro demasiado cerca. El nuestro se tensa, fija la mirada, ladra, tira de la correa y finalmente conseguimos cruzar una esquina y ganar distancia. Deja de ladrar. Perfecto. ¿Problema solucionado? No necesariamente, puede seguir caminando con el cuerpo tenso, respirar más rápido, escanear constantemente el entorno, mirar hacia atrás, acelerar, dejar de olfatear o reaccionar con mucha más facilidad ante el siguiente estímulo. Es decir: hemos salido de la situación, pero todavía no ha terminado de recuperarse de ella. Si cinco minutos después aparece otro perro, quizá la distancia que normalmente podría gestionar ya no sea suficiente. No porque haya “empeorado” de repente ni porque esté intentando portarse mal, sino porque llega a esa segunda situación con una carga previa.
Aquí entra un concepto muy útil: la acumulación de estímulos. Durante un paseo no vivimos cada situación de manera completamente independiente. Un ruido fuerte, un perro demasiado cerca, una bicicleta que aparece de repente, una interacción incómoda y un tirón de correa pueden ir sumándose. Algo que normalmente sería perfectamente tolerable puede terminar provocando una respuesta mucho mayor cuando aparece después de varias situaciones exigentes. Nos pasa exactamente igual. Puede que un día derramemos un café y simplemente limpiemos la mesa. Pero haz que esa misma mañana hayamos dormido cuatro horas, perdido el autobús, discutido con alguien y recibido tres llamadas de trabajo y probablemente ese café derramado nos parezca el acontecimiento definitivo que ha venido a destruir nuestra existencia. El café no ha cambiado. Nosotros sí. Con los perros ocurre algo parecido. Por eso, después de una situación complicada, yo no aprovecharía inmediatamente para seguir entrenando porque ahora tenemos una oportunidad. Muchas veces lo más útil es precisamente hacer lo contrario: facilitar recuperación. Para hacerlo podemos ganar distancia, caminar hacia una zona más tranquila, reducir durante unos minutos las demandas, permitirle olfatear, bajar el ritmo y dejar que vuelva a conectar con el entorno, entrar en una calle tranquila, acercarnos a una zona de césped, aumentar un poco la longitud de la correa y dejar durante unos minutos que el perro vuelva a moverse y explorar sin pedirle absolutamente nada, incluso podemos utilizar búsqueda de comida en el suelo si sabemos que a nuestro perro le ayuda El objetivo no es distraerlo desesperadamente del estímulo ni meterle comida en la boca mientras está desbordado; queremos ofrecer una actividad sencilla cuando ya existe suficiente distancia como para que pueda realizarla con cierta calma. En otros perros será mejor simplemente seguir caminando. Otros querrán parar a observar. Algunos necesitarán bastante distancia antes de poder hacer cualquiera de las dos cosas. Otra vez: depende de tu perro.
El olfato como herramienta, no como botón de apagar perros
Y ya que hablamos de olfatear, aquí haría una pequeña aclaración porque últimamente parece que el olfato se ha convertido en la solución universal a cualquier problema. El olfato puede ser una herramienta magnífica, pero no funciona como un botón de reset. Un perro que está completamente fijado en otro perro a cinco metros probablemente no va a solucionar el problema porque lancemos tres salchichas al suelo. Y si tenemos que acercarle la comida prácticamente a la nariz para que sea capaz de detectarla, quizá el ejercicio simplemente está por encima de lo que puede gestionar en ese momento. Primero distancia. Después recuperación. Y cuando el perro vuelve a tener capacidad para interactuar con nosotros y con el entorno, entonces sí podemos utilizar el olfato como una actividad sencilla que facilite volver a explorar.
Tengo dos perros: ¿necesitan paseos individuales?
Compartir hogar, raza o incluso haber crecido juntos no convierte a dos perros en un único individuo. Cada uno tiene su propio ritmo, estado físico, sensibilidad, intereses, miedos y manera de relacionarse con el entorno. Por eso, un paseo conjunto no siempre permite cubrir las necesidades de ambos por igual. Cuando paseamos con dos perros, inevitablemente tomamos decisiones pensando en el grupo. Si uno quiere detenerse a olfatear y el otro continuar, alguien tiene que ceder. Si uno necesita aumentar la distancia frente a otro perro, pero su compañero intenta acercarse, gestionar la situación resulta más difícil. Además, las emociones pueden contagiarse. La excitación, la vigilancia, el miedo o la reactividad de uno pueden aumentar la activación del otro. En ocasiones parece que ambos tienen el mismo problema cuando, al pasearlos por separado, descubrimos que uno inicia la respuesta y el otro se suma.
Esto no significa que todos los paseos tengan que hacerse por separado. Pasear juntos también puede ser enriquecedor y forma parte de la convivencia. La cuestión es que el paseo conjunto no sustituya siempre a la experiencia individual. Podemos combinar salidas: mantener algunos paseos compartidos y reservar, varias veces por semana, un paseo individual para cada perro. No necesita durar una hora. Incluso veinte o treinta minutos adaptados completamente a ese individuo pueden proporcionarnos mucha más información que un recorrido largo en grupo. La pregunta no es solamente si somos capaces de controlar a dos perros a la vez. Es si, caminando juntos, cada uno dispone realmente de espacio para vivir su propio paseo.
Aprender cuándo terminar el paseo
Y hay una habilidad humana que también tenemos que entrenar: saber cuándo es suficiente. Tenemos una tendencia curiosa a pensar que si habíamos planeado caminar una hora, tenemos que caminar una hora, aunque el perro lleve cuarenta minutos diciéndonos de todas las formas posibles que hoy el mundo le pesa un poquito demasiado. Si durante el paseo ha habido varias situaciones difíciles, el perro está cada vez más hipervigilante, reacciona ante estímulos que normalmente toleraría o simplemente vemos que ha perdido completamente la capacidad de relajarse, volver a casa puede ser una decisión perfectamente válida, no hemos estropeado el entrenamiento ni hemos perdido el día y si hemos leído al perro que tenemos delante y hemos ajustado nuestra expectativa. Y eso también es educación canina. Porque aprender a pasear mejor no consiste únicamente en enseñar habilidades al perro. Nosotros también tenemos muchísimo que aprender: anticiparnos, leer lenguaje corporal, manejar la distancia, utilizar mejor la correa, distinguir cuándo podemos entrenar y cuándo simplemente debemos sacar al perro de una situación.
Conclusión: el paseo perfecto depende de tu perro
Después de todo esto, si hay una idea con la que me gustaría que te quedaras es bastante sencilla: el paseo perfecto no tiene una forma concreta. No es necesariamente ese paseo en el que el perro va pegado a nuestra pierna de principio a fin, mirándonos cada pocos segundos y siguiendo cada cambio de dirección como si estuviera haciendo una prueba de obediencia, un buen paseo debería dejar espacio para muchas más cosas: moverse, olfatear, explorar, observar, elegir, comunicarse, aprender, tomar distancia cuando lo necesita y también bajar revoluciones después de una situación complicada. Todo ello, claro, dentro de un entorno seguro. Porque el perro no necesita decidir absolutamente todo. Hay momentos en los que nos toca decidir a nosotros. Ante una carretera, decides tú. Si aparece una situación peligrosa, decides tú. Si hay que poner distancia, decides tú. Pero si llegáis a un cruce con dos caminos igual de seguros, quizá puede decidir él si quiere quedarse treinta segundos más oliendo una farola, probablemente tampoco pasa nada y si intenta evitar un saludo que nosotros habíamos considerado perfectamente normal, escucharle también forma parte de cuidarlo bien.
No se trata de elegir entre obediencia o libertad, porque ambas cosas pueden convivir perfectamente. Se trata de utilizar la obediencia cuando aporta claridad y seguridad, y devolver libertad cuando el contexto lo permite. Y quizá ahí esté realmente el paseo perfecto: no en cumplir una lista de kilómetros, minutos, ejercicios o saludos, sino en ser capaces de mirar al perro que tenemos delante y adaptar el paseo a él. Porque habrá días de correr, investigar y descubrir sitios nuevos y otros serán de caminar despacio y oler las mismas cuatro esquinas de siempre. Y alguno quizá consista simplemente en salir, hacer un par de cosas y volver a casa antes de lo previsto.
El paseo es aquel en el que los dos podéis moveros por el mundo con seguridad, comunicación y la sensación de que, al otro extremo de la correa, alguien también está escuchando.
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Comentarios
Me parece una explicación del paseo muy buena y comprensible, me alegra ver que muchas de las indicaciones que expones ya las realizo, creo que Yuki disfruta de los paseos, exceptuando los días de excesivo calor que no quiere saber nada, gracias, un saludo